La historia de cómo al bailar, me hizo cantar mejor.

He notado que generalmente cuando dices que eres cantante, por alguna razón las personas esperan que también bailes o te muevas con bastante gracia.

Digo, tiene lógica. Los performers son estos héroes casi perfectos, con vestuarios brutales, piel de porcelana y los movimientos envidiables (que creo que aquí se mal adapta a «dominio escénico»).

Admito (por más que me cueste) que alguna vez, secretamente, llegué a bailar frente al espejo pensando que era Britney Spears.

Y pensando aún más hacia atrás, la realidad nunca fui la prima ballerina. Solo sabía que disfrutaba la música, el moverme y encontrar la manera de expresarme (a sabiendas de que lo mío era cantar). Lamentablemente, dentro mi di formación como cantante recibí el primer y más grande «NO» que se convirtió en uno de mis más temidos fantasmas: «Tú no bailas, no tienes gracia». Ouch, tenía tan solo 7 años y la verdad es que fue algo complicado de escuchar. Para nada me quitó mis intenciones de pararme en el escenario, pero en definitiva, a una niña tan consciente de su entorno (como lo soy) la hizo pensar más de 2 veces antes de pararse frente a los demás e intentar aprenderse coreografías.

Siempre pensé, bailar no es lo mío. A mí pónganme a cantar. Mientras moría (literal) de ganas de ser la siguiente performer. Así que, como siempre les digo a mis alumnos: «no estás mal, lo que hayas hecho durante tu proceso autodidacta, solo fue la forma en la que tu cuerpo tenía más ganas de resolver, que de quedarse callado». Así que así, encontré la manera de centrar toda mi atención en la música, los acentos, las dinámicas y las peripecias vocales que hacían mis cantantes favoritos, escuchándolos en mi discman, por las noches.

Pensaba: «vaya, no necesito las clases. No necesito bailar, puedo ser una cantante que solo cante baladas». ¡JA! Mi primer (y hasta ahora único) protagónico era ser una bailarina, experta, extrovertida. Fue increíblemente difícil para mi enfrentar esos fantasmas al espejo y estar incómoda de cómo me movía.

Pero bueno, dejemos eso para otro día. Hoy quiero hablarte de otra forma de lo que siempre te digo: escucha a tu cuerpo.

Si algo admiro de los bailarines, es cómo se conocen. Cómo distribuyen su peso lo suficiente para hacerte creer que tienen cargas pesadas, que pueden volar, hacer magia con sus manos y transportarte a diferentes épocas. No hablan, solo se mueven. Siempre envidié sus movimientos. Yo trabajé para conmover con mi voz, pero no podía hacer que mi cuerpo conectara enteramente con mi sentimientos. Qué curioso.

Sin planearlo, hace algunos ayeres, estaba buscando de una actividad física entretenida para después de mis múltiples trabajos. Y así, como caída del cielo, Shady (la maestra que me hizo no solo bailar, sino ahuyentar ese enorme fantasma y hasta hacerme bailar frente a un público) abre una academia, nos invita a un grupo de amigas y a mi a entrar y digo: «Va, odio hacer ejercicio de otra forma, así que, mejor que sea bailando». No tienen una idea lo mucho que costó coordinarme, tratar de entender lo que era mi centro, mi balance. Distribuir mi peso, ser creativa y desafiar mis propios miedos (a las maromas, las caídas, las cargadas y sobre todo a que me vieran bailar en público). Constantemente pensaba en la comparativa y avance de mis compañeras, pensando: «la historia se repite». Hasta que, cuando empecé a escuchar mis respiraciones, el control de mi abdomen y la fuerza de mi cuerpo, empecé no solo a empezar a disfrutar mis clases de baile y ver que mejoraba, sino a avanzar en mis clases de canto.

No. No estoy bromeando. Ya les he platicado que tengo estudiando cerca de 8 años técnica vocal, y en ese proceso, pude haber ser muy intensa en cuanto a la disciplina de entender y dominar mi voz. Pero hubo un periodo en el que podría decir que me «estanqué». Sentía que nada de lo que hacía (ejercicios y acrobacias vocales) me eran suficientes para hacer crecer mi rango o dominar diferentes estilos. Nada técnico vocal me era útil. Hasta que lo transporté (o conecté) con la danza (aquí ruego a mis amigos bailarines, me tengan paciencia, no pretendo dominar todo, pero es como mi pequeño «homage» a los bonito de esta experiencia).

No fue hasta que empecé a trabajar con mi propio peso y mi cuerpo (compartiendo pedacitos de clases de danza contemporánea y ejercicios calisténicos) que entendía cuando estaba apoyando de más, cuando tenía aire extra, tensión. Entendí la flexibilidad y el disfrutar crear líneas largas. Vaya no me hice bailarina profesional, pero sin duda, la seriedad con la que empecé a tomar estas clases me hizo hacer las paces con mi nerviosismo corporal y apreciar un nuevo arte: la danza.

¿Líneas largas? claro, al cantar, sostener una nota. El proyectarla más lejos. Entender y dominar los cambios de volumen. La velocidad. De pronto, si bien no podía bailar como profesional, mi voz de alguna forma lo hacía. Era ágil, dulce e intensa, de pronto las contracciones aportaban algo distinto a mi técnica vocal. Admito, ha sido de los sentimientos más bonitos que he experimentado.

¿Qué te recomiendo? trabaja una habilidad que te ayude a transportar ese conocimiento a tu dominio vocal. El artista no sólo se alimenta de perfeccionar únicamente su técnica, sino de sensibilizarse a través de documentales, películas, exposiciones, actividades. Conecta tu cuerpo con lo que verdaderamente estás haciendo y sin duda, tendrás un resultado distinto al que has estado trabajando.

¿Qué hago hoy en día? Bueno, claramente no me convertí en Britney Spears, pero ya no me da miedo el espejo o los fantasmas. Ya no tomo clases (las extraño mucho y quisiera regresar) pero ya no me da tanta pena intentarlo, bailar, entender el movimiento y vincularme en actividades o espectáculos que la requieran, tratando de retarme todos los días.

Hoy tengo un reto. Hace casi 3 años comprobé que los ejercicios calisténicos (que ya había leído que eran muy recomendables para cantantes) funcionan. Dentro esta investigación, he encontrado que los deportes o actividades físicas recomendadas para nosotros son: natación, yoga, danza. Ayer empecé yoga y OMG me duele hasta el cabello (no es broma) pero curiosamente, dentro de este «dolor» no siento tensión alguna en mi cuerpo (estaba muy consternada por mis muñecas y por saber si podría tocar algo, ¡están intactas!) Así que mi nuevo reto es comprobar si este tiempo de aprendizaje le brinda un avance técnico/vocal a mi rango (claro que iré documentando e informando de este avance)

Así que esta es mi historia, de cómo una experiencia enriqueció por completo mi proceso de aprendizaje vocal, sin saberlo, enfrentando mis miedos, disfrutando y valorando enormemente una nueva disciplina. Y quién sabe, con suerte esto pudiera ayudarte a ti también en tu proceso como cantante.

Nos vemos en clase.

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